Pasado, Presente y Futuro del río Órbigo

Aún a riesgo de burlas y de ser tachado de contar batallitas del abuelo cebolleta por mencionar hechos que sucedieron mucho tiempo atrás, voy a arrancarme con la exposición de algo tan real como increíble puede parecer en nuestros días. En el sótano de mi casa en Veguellina, estuvo varado durante muchos años un lanchón con el que un tío mío, emigrante en Alemania pescaba con red para vender el pescado capturado.

Los más viejos del lugar aún recuerdan las anguilas que se pescaban, al parecer incluso ejemplares de gran tamaño. Barbos, bogas, truchas, escallos, blanqueales, tencas, bermejuelas, cabezones e incluso unos pececillos llamados erróneamente lampreas, abundaban este río hasta hace unas pocas décadas. ¿Qué decir de nuestros malhadados cangrejos autóctonos desaparecidos masivamente en la primavera de 1983, víctimas de la Afanomicosis y de la codicia humana?

No parezca rara esta aseveración, allá por la década de los setenta del pasado siglo, a la puerta de la plaza de abastos de León o plaza del Conde, era habitual ver pescados recién llegados del Esla para general consumo en la capital y era cosa normal verlos disputar en las cajas de madera donde habían sido transportados y en las que se debatían entre estertores intentando infructuosamente seguir respirando. Pescado muy fresco a precios muy asequibles.

Los domingos era todo un ritual acercarse a los puentes para ver ejemplares de truchas o barbos de gran tamaño. Santa Marina era tenida por un coto de pesca singular donde los jerarcas de la política y los “afortunados” en el sorteo de cotos, alardeaban con sus lances y las “pescatas” eran notables por cantidad y calidad. El coto de Sardonedo no iba a la zaga en cuanto a reputación.

Hoy acercarse a contemplar la fauna piscícola o carcinológica resulta deprimente. El rio se ha convertido en una masa de agua poco menos que inerte donde escasos ejemplares de poblaciones otrora boyantes, languidecen sobre fondo con barrillo. Ni la fauna entomológica riparia tiene la pujanza de antaño. Malos tiempos para lo propio y provechosos para especies invasoras. La misma vegetación de galería tan propia de nuestros cauces con integrantes como los alisos, ya empiezan a escasear.

La pobreza en la diversidad de habitantes de nuestras aguas, obedece a diversos factores, algunos, como los diversos azudes, estratégicamente situados en el Orbigo, lejos de favorecer los movimientos migratorios en época reproductiva, son un obstáculo insalvable que nos priva de verdaderos espectáculos de la naturaleza que nunca supimos apreciar hasta que notamos su falta. Los vertidos de aguas residuales y productos químicos de usos agrarios, en nada favorecen la calidad de las aguas e hipotecan cualquier posibilidad de recuperación.

¿Soluciones? Ninguna mientras la gestión de nuestros cauces esté en manos de personas del secarral y sus domésticos seguidores que sólo ven en un río una abundancia de agua que sirve para regar hidrópicas fincas mesetarias, única rentabilidad que conciben. Una hipotética autonomía leonesa podría sin grandes contratiempos revertir tal situación, eliminando obstáculos de dudosa utilidad y que hipotecan nuestra fauna y nuestra idiosincrasia ribereña.

Las piscifactorías marinas sanean con ozono las aguas que a veces no captan con la calidad sanitaria requerida para este tipo de explotaciones. Nuestro cangrejo autóctono se da por desaparecido y sin posibilidad de recuperación, pero un adecuado control de cauces propicios – y tenemos muchos- con erradicación de cangrejos foráneos, ozonización e incluso la

investigación inmunológica, podría hacer que un día, hasta los más humildes regueros volvieran a ver el torpe caminar de nuestro “marisco de agua dulce”. La pregunta es obligada ¿Queremos que vuelvan?

Y por si acaso alguien lo ignora, a mayores de su excelencia gastronómica, este simpático crustáceo, tan nuestro, es un categórico indicador de la calidad de nuestras aguas. ¡Ahí es nada! ¡Desdichados aquellos leoneses que no tuvieron oportunidad de conocer su sabor!

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